A los 26 fue que descubrí ésa nueva experiencia. No, no la de tener sexo sino de tener una "one night stand" en esta nueva modalidad. En mi experiencia y de varias amigas, conocidas y amigas de amigas, estoy segurisima que se puede empezar una relación a partir de sexo casual, es raro pero de que se puede se puede. Así que aprendí a difereciar entre tener sexo con un chico en la primera cita, y tener sexo con un chico que acabo de conocer.
Él primero chico, literal, fue un chico chico porque era menor que yo. Había tenido un acercamiento "profesional" con él hacía mas de un año, pero al parecer deje huella en él (rayita más para mi ego) porque se acordó de mi. Me invito a un after (sí, fue ésas noches que no quiero que se acaben y termino buscando el muchas veces decepcionante after). El chico me pareció lindo y cogible, por supuesto. Terminamos en mi casa a las seis de la mañana y sí, tuvimos sexo, Al día siguiente o mas bien a las pocas horas desayunamos, volvimos a la cama, me abrazó por la espalda, me contó de su familia y sus rollos mentales, tuvimos una siesta de cucharita, vimos una película y después lo acerqué a su casa.
Me pareció algo muy extraño, porque no sólo había tenido sexo casual con un chico que había visto dos veces en mi vida, que sumaban un total de menos de 12 horas juntos, sino que había pasado algo de intimidad, sí, intimidad era lo que había sido, me pregunté. Y sí. Tuve la sensación de haber tenido como la mitad de algo, de haberme quedado en medio del camino. Nunca más supe nada de él, salvo un par de mensajitos sin mayor futuro.
Durante un tiempo pensé que cosa tan más chistosa, porque de verdad me había sentido acompada ése domingo. Al poco tiempo se volvió a repetir una situación casi igual y entonces fue que me empecé a confundir por completo. Dónde había quedado el sexo de una noche, en el que después como dice el dicho, cada quien para su casa, o a la mañana siguiente tempranito uno se despedide con un "gracias, la pase muy bien".
Al compartir emperiencias con otras amigas, principalmente pero también alguno que otro amigo me dí cuenta que es algo bastante común. Y entonces me preguntó, ¿Será que nuestras necesidades afectivas han crecido o sólo es que ahora nos atrevemos a pedirlas o generarlas de manera más clara?. Y entonces hemos logrado juntar sexo con afecto, tenerlo en una sola noche-mañana-tarde y después despedirnos de el. O tal vez ya nos hemos habituado bastante bien a lo efímero y líquido que tan de moda esta ahora. Y entonces podemos llamar a estas aventuras: sexo y amor efímero.
20 ene 2014
20 sept 2013
Verde, verde y más verde
La envidio porque:
Te besa cuando quiere, puede sentir tus labios y jugar con tu lengua.
Se impregna de tu olor, y la acompaña durante todo el día.
Le haces reir todos los días, y cruza miradas complices.
Te abraza cuando le place, y puede sentir la fuerza de tus brazos.
Duerme todas las noches a tu lado, comparte ese momento de gran intimidad.
Se acurruca en tu pecho y ve películas y series desde la cama.
Brinda al tomar cerveza contigo en un bar, escuchando música mientras bailan.
La envidio por todas esas cosas y aunque sé que seguro te ama yo no puedo dejar de pensar qué en mis calculos salió mal, para que tu estés allá con ella y yo acá sin ti.
10 sept 2013
Faltara Poco
Nuestros recuerdos han inspirado ya dos cuentos cortos. Dime, ¿Cuántos más hasta que te vuelvas una memoria borrosa? ¿Cuántos?...
25 ago 2013
LA PAJARERA
La
primera mañana que vi eso sobre mi cama, del lado donde yo duermo no lo podía
creer, es casi imposible de explicar
aunque al principio encontré muchas posibilidades, inverosímiles y sin sentido,
pero explicaciones al fin. Ahora me he
resignado a aceptar que está relacionado a lo que ocurrió por el mes de Mayo,
lo recuerdo porque fue el día que por trabajo me mandaron cerca de Tierra
Blanca, a una de las tantas rancherías donde parece que el tiempo no pasa. Lo
peor es que sé que me espera algo terrible, y es sólo cosa de esperar.
Llegué
pasado medio día después de casi seis horas de camino, porque por esos lugares
los caminos se hacen al pasar. Desde hace rato que la tripa se me había hecho
nudo y aunque ya salivaba como perro por las enchiladas de doña Sara decidí
pararme en ésa fonda que otras veces había visto, pero vaya saber por qué nunca
había llegado.
Al
entrar noté que había una decena de jaulas con pájaros bastante curiosos, sobre
todo por sus colores azulados con pinceladas de ébano, todos tenían el pico
color rojo y parecía que eran mudos porque ninguno trino en todo el rato que
estuve ahí. Había al menos unas diez mujeres viviendo ahí, no a todas las vi
claramente es más ni siquiera podría describir a detalle a ninguna, lo que sí
es que todas vestían faldones obscuros. Podría decir que eran más o menos
jóvenes, no pasaban los veinticinco años.
Me
senté en la mesa que me pareció llegaba más luz, porque sí algo me molesta es
comer casi a tientas, y en ésa casa parecía que se cobraba por cada rayo sol
que entraba. Se acercó una muchacha y me trajo un vaso grande de agua de limón
con hielos que refrescó mi garganta y despertó mis papilas con su acidez. Empecé
a repasar todas las diligencias que tenía que hacer para ése día, cuando sin
darme cuenta otra muchacha ponía sobre la mesa una servilleta con tortillas y
una salsa verde de molcajete. Los escasos rayos que se colaban por entre los
cristales opacos, iluminaban todo con un color ámbar; los pájaros parecían
estatuas inmóviles en sus jaulas, imposibilitados siquiera de estirar un poco
las alas. Se me sirvió el plato principal, pollo con mole acompañado de arroz
rojo, intenté saborear cada bocado pero sentía miradas que nunca pude
encontrar.
Impaciente
por salir de ahí, esperaba el postre, que una mujer de rasgos duros y manos
cuarteadas de trabajar, me había prometido apenas hacía unos minutos, con una
voz ausente de cualquier emoción. Al escuchar su voz del fondo de la cocina
sentí que un frío me subía por todo el espinazo, pero me dije a mí mismo que me
dejara de mariconadas, al final qué podían hacerme un par de mujeres. Me
levanté de mi asiento sudando frío y con la comida ya revuelta en mí estomago, sentí
unas ganas terribles de vomitar.
-¿Ya
se va? - Preguntó la mujer al tiempo que se acercaba hacía mi mesa, con un
caminar calmado meneando su cadera de un lado a otro que hacía ver su cintura
aún más fina.
-Sí,
¿Cuánto le debo?- Dije con voz tímida
-
Cuarenta pesos, y lo que le quiera dejar a las muchachas.- Su cara era
atractiva, la enmarcaban unos llamativos ojos grandes color miel, que no
reflejaban nada, una sensación de fatalidad invadió cada espacio de mi ser; sus
labios pintados de rojo me hicieron acordar a los picos de esos pájaros mudos.
Le
extendí un billete de cincuenta y el tacto frío de su mano me hizo revolver aún
más el estómago. Me ofreció un poco de café de olla pero me negué alegando que
ya tenía que estar en otro lado y con esos labios carmín me sonrió como
sabiendo que no era cierto, me sentí de pronto como un libro abierto cuyas
páginas están siendo expuestas a un par de ojos que atraviesan como cuchillos.
Miles de imágenes se fueron agolpando en mi cabeza desde que era un niño hasta
terminar con la cara de mi mujer y mis dos hijos. Salí del lugar sintiendo un
peso sobre mis hombros, era un malestar casi indescriptible, me dolía todo al
mismo tiempo que nada.
Durante
varios días pareció que perdí la facultad de hablar, y aún ahora a veces me
parece que pasan varios días sin que ningún sonido salga de mi boca. Regresé de
nuevo a ése rancho pero nunca pude dar de nuevo con esa fonda, aunque pregunté
y pregunté dando seña y santo del lugar nadie sabía decirme nada. Y entonces
hace un par de semanas que una pluma de pájaro negra azulada, aparece justo
debajo de donde duermo, pareciera que se desprende de mí.
18 ago 2013
Lo ambiguo
Y lo más difícil no fue escucharte diciendo que tenías que reflexionar lo que sentías por mí, como si la atracción fuera algo racional que se pudiera seccionar y analizar con el cerebro, era elegir entre un No o un Beso. Lo complicado fue tomar los vuelos de mi vestido largo, pisar el cemento con mis tacones de diez centímetros y cerrar la puerta de tu coche, con toda mi vergüenza y vulnerabilidad a cuestas. Éso fue lo verdaderamente jodido.
4 ago 2013
Renuncia
- ¿Qué dejé por ti?, me preguntas con tu tono de reclamo. Esperando que mi respuesta te dé por fin la excusa para dejarme.
- Todo, ¡Absolutamente todo!, te contestó, mientras acarició tu pecho desnudo con mis piernas anudadas a las tuyas.
- Y te quedas.
- Todo, ¡Absolutamente todo!, te contestó, mientras acarició tu pecho desnudo con mis piernas anudadas a las tuyas.
- Y te quedas.
1 ago 2013
Felino
Te miré directo a los ojos verde-miel y te pregunté
- Así que te gustan las mujeres desapegadas, ¿eh?
- Asentiste, con una casi sonrisa en tus labios delgados.
- Perfecto, entonces renunciaré a toda necesidad de apego, por ti. Te dije.
- Así que te gustan las mujeres desapegadas, ¿eh?
- Asentiste, con una casi sonrisa en tus labios delgados.
- Perfecto, entonces renunciaré a toda necesidad de apego, por ti. Te dije.
23 jul 2013
ALICANTE POR SIEMPRE
Fue
en el mes de Mayo cuando tus ojos tropezaron con los míos, el día que los
conocí fue el mismo que me perdí a mi misma. Tenía dieciocho años y ya estaba
en búsqueda de marido porque mi útero comenzaba a palpitar, ansioso de albergar
alguna criatura. No te voy a mentir, pensé que tendría un casamiento arreglado
con algún muchacho sencillo que me ofreciera un futuro modesto, alguien con
quien envejecer tranquilamente. Sin embargo, en el cielo ya se había trazado
algo muy distinto.
Atravesaste
el salón seguro de ti mismo, tomaste mi mano y sentí tu tacto áspero con olor a
tintas; me arrastraste al centro del baile. Tus pasos y los míos se volvieron
uno, podía sentir tu aliento en mi oreja y la verdad estabas más cerca de mí que lo permitido por
la moral en esos días, tanto que pude sentir tu sexo ensanchándose en mi muslo.
Era la primera vez que tenía un contacto así, las piernas me temblaban y sino
fuera por lo fuerte que me sujetabas seguramente me hubiera ido de bruces hasta
el suelo. Al terminar la canción, me soltaste rápidamente, inclinaste la cabeza
y rozaste con tus labios mi mejilla susurrando un gracias mientras te alejabas,
dejándome apenas con el tiempo suficiente
para recuperar el equilibrio. Yo me quedé con ganas de más, ése fue el
problema, yo siempre quise más de ti y tú te diste muy poco.
No
tarde en saber quién eras, las muchas mujeres que habían pasado por tus
sábanas, eras un artista y yo ignorante de tu profesión no entendí a qué se
refería la palabra; los años me fueron enseñando que eras la pasión, el extremo
de fusión y lejanía, inestabilidad, capricho e insolencia, pero así y todo te
amé con cada una de mis células, tejidos, músculos y sentidos. Te busqué hasta
encontrarte y entonces me vendí como la mejor de las mujeres, aquélla que estaría
siempre para ti respetando tus espacios sin ningún reclamo, tú me creíste y te
juró que yo también.
Comenzaste
a visitarme cada sábado con el permiso de mis padres pero poco a poco aprendí a
mentirles para poder pasar más tiempo en
tu compañía. Todas las noches se convirtieron en visitas al bar, ésa pocilga,
dónde tú y otros virtuosos se reunían para hablar del comunismo y otras
barbaridades que aunque entendía me parecían nimiedades. El olor a puro teñía
mis ropas mareándome hasta el punto donde lo único que me interesaba era mirar
tus ojos enmarcados con gruesos lentes; y escuchar el sonido que salía de tus
labios delgados pero perfectamente delineados. Cuando la velada me parecía
insoportable y el lugar se encontraba
casi desierto, me colgaba a tu cuello, entonces
tú me decías, ¡Quieta niña! y yo te suplicaba que nos fuéramos a estar
solos, a comunicarnos a través del alma. Te despedías solemne de tus colegas
envueltos en sus trajes de artistas y nos íbamos.
Al
llegar a casa me veía al espejo y no me reconocía, porque tú mirada le dio
nombre de atributos a todo lo que me conformaba como mujer. Mis ojos me
parecieron de pronto profundos y llenos de luz, mi piel tersa y suave, mis pechos redondos y
voluptuosos, mi cintura estrecha; todo
mi cuerpo se fue despertando para recibirte.
A nuestra boda sólo fueron unos cuantos. Todos
pensaban que estaba loca por querer atar lo que es libre por naturaleza. A mí
no me importo renunciar a mi familia por ti. Mi madre lloró desconsolada
mientras nos prometíamos como marido y mujer. La noche de bodas llevaste una
botella de vino, tomaste un trago y lo vertiste directamente sobre mi boca, y
me pediste que hiciera lo mismo. Comenzaste a besarme e impregnar con olor a
madera vieja, frutos rojos y alcohol todo mi ser. Sentí un ligero ardor cuando
depositaste un poco de aquello sobre mi sexo y comenzaste a saborearlo y
degustarlo con calma y ansias. Exhaustos de ése intercambio de amor y comunión
quedamos dormidos sobre sábanas húmedas.
El
idílico amor duró poco más de tres años, cuando tus ausencias comenzaron a
hacerse más frecuentes. Para entonces me habías convertido en madre en dos
ocasiones, pero dentro de mí sabía que yo sólo vivía para ti, y tú para tu
arte. Durante el siguiente par de años tú alejamiento creció, entonces yo me
volví loca e intenté cualquier cosa para recuperar tu mirada: escenas de celos,
amenazaba con quitarme la vida, con quitártela, con no dejarte ver nunca más a
tus hijos que eran tu adoración, pero a cambio sólo recibí tu mirada burlona. Tardé
mucho en aceptar que te habías enamorado de nuevo, tu corazón ya no me
pertenecía. Había sido tolerante a tus muchos encuentros casuales pero éste era
diferente. Me supe derrotada y no encontré ninguna otra razón para seguir. Una
mañana desperté en una cama vacía donde no quedaba rastro de ningún ardor
entonces tomé a los niños y me subí al primer tren que me llevara a Alicante
donde el mar inmenso y la paz infinita nos esperaban.
Bajamos
del tren y caminamos directo hacia la costa, al llegar pude sentir el agua
rozando mis pies, tobillos y rodillas. Los niños daban brincos agarrados
fuertemente de mi mano, jugaban con las olas. Lo único que me consolaba
mientras el gigantesco azul iba envolviéndonos con sus aguas frías hasta
tragarnos para siempre fue saber que el dolor de perder a tus hijos te calaría
en cada uno de tus huesos.
1 jul 2013
21 may 2013
1 mar 2013
MEDIA DOCENA
Despertó y aún con la visión borrosa
lo vio acostado a su lado, su pecho bajaba y subía acompasando su respiración
tranquila, pero lo único que ella percibió fue lo soso que le pareció; tanto que
no se le antojó despertarlo cómo era su manera habitual, toquetearlo un poco
por ahí y por allá, al final sólo necesitaba un poco de estímulo hasta el asta
izará la bandera. Él era su Primero y habían estado juntos ya por mucho tiempo,
aunque al final eso del tiempo es algo de lo más subjetivo. Ése día mientras
desayunaban se lo dijo, ya no estaba enamorada y le daría unos días para que
buscara dónde quedarse.
Entró al baño y un par de lágrimas rodaron
por su rostro las mismas que se secaron más rápido de lo que tardaron en salir.
Lo mejor del Segundo eran las
pláticas hasta el amanecer, sentía que podía hablar de cualquier cosa, desde
debates a muerte sobre si Dios existía o no hasta las ideas más banales y
estúpidas que habían tenido durante el día. Los besos no eran tan necesarios
porque la boca la usaban para hablar y las manos para hacer gestos que
acompañaran las palabras. Un día mientras charlaban se dio cuenta que los temas
habían acabado y así, en medio de la noche le dijo que era hora de buscarse
otro lugar para vivir.
Pronto llegó el Tercero, en dónde el
sexo era el elemento común en todas las ecuaciones, lo hacían si la película
era buena o mala, si la cena estaba rica o se había quemado, si el equipo de él
ganaba o perdía, si estaba lloviendo o si hacía un calor insoportable; tener
sexo se volvió en el único desenlace para todos esos eventos cotidianos. De
repente comenzó a sentirse aburrida de tantas montadas y misioneros, y le dijo que era hora de que se fuera.
A los pocos meses se presentó el Cuarto
frente a su puerta, era el vecino que vivía dos pisos arriba. Acababa de
mudarse de otra ciudad y estaba desesperado por conectarse con su nuevo mundo.
Todo pasó tan rápido que de pronto sus cajones se impregnaron con olor a
hombre, había libros regados por ahí que no eran de ella, no recordaba la
última vez que había podido dormir a sus anchas y mucho menos cuándo había
tomando un baño sin sentir que la miraban. Ésa noche cuando él llegó ya lo
esperaba una caja acompañada de una cara que gritaba que ya habían terminado.
Un vaso se estrelló contra la puerta,
era la tercera vez ésta semana. Lo que más la enojó es que era de sus vasos
favoritos y ni siquiera sabía el porqué de la pelea. Su visión desde que estaba
con el Quinto se había vuelto dicromática, todo era blanco o negro, o mejor
dicho rojo sangre o rosa amor. Había tenido las mejores risas de su vida y las
miradas más melosas aunque también de su boca habían salido los insultos más
hirientes y la indiferencia más fría que a veces duraba días. El punto de
quiebre fue cuando la ignoró toda la noche en aquel bar, por lo que decidió
tomar un taxi y nunca más responder un llamado de él.
Habían pasado ochocientos cincuenta
días con él, su Sexto, que se sentía como un equilibrio perfecto. Las peleas se
podían hablar tranquilamente y los enojos duraban apenas unas horas que pronto
se disolvían con algún beso tierno. Las pláticas fluían y parecía que las
palabras formaban sinfonías de horas y horas. Durante el día podía olerlo a él
sobre todo su cuerpo, sólo bastaba ponerse su brazo sobre la nariz para
recordar cómo habían intercambiado un lenguaje secreto durante toda la noche,
un lenguaje que únicamente él y ella habían aprendido a hablar. Lo mejor era la
sensación de estar compartiendo.
Había sido un día pesado y sabía que
detrás de la puerta la esperaba el remedio perfecto, una cerveza bien fría
servida con unos besos que seguían teniendo magia, pero en su lugar encontró un
par de maletas y cajas en el pasillo. Sintió que su estomago se cerró, sus
manos se durmieron y las piernas perdieron el piso porque entendió que pronto
escucharía salir de una boca que sólo por esta vez no sería la de ella, la
frase: se termino.
25 feb 2013
7 feb 2013
Polvos de Camaleón
Un domingo en la plaza principal
de un pueblito que como cualquier otro en México tenía una iglesia con
ornamentos bañados en oro, un palacio municipal construido de cantera y ahí
justo en el centro un kiosco de color rojizo rodeados de un jardín; varios niños
correteaban a las palomas y perros, señoras cubiertas con velo salían de misa
de doce cumpliendo así con su obligación dominical, ¡Dios no quisiera que se
les viera como poco devotas!, y señores que
contaban lo difícil que era trabajar las tierras y como el abusado del
ejidatario se había hecho menso al no entregar completo lo que había llegado
desde la ciudad de México.
Y ahí en medio de todo estaba Eulogia
con sus tiernos doce años y su vestido rosa parada frente al puesto más
colorido del mercado haciéndosele agua la boca por las biznagas, alfajores,
garapiñados y glorias, para ella eran regalos de los dioses, ésos que su abuela
le contaba existieron hace mucho, pero ya nadie se acordaba de adorarlos.
Estaba pensando en decirle a su
hermana Francisca que le comprará alguno cuando vio cómo Juan le hacía señas
para que se acercara. Juan, era un muchacho de veintitantos años con ojos miel
bañados de ilusión y cada domingo le pedía de favor que le llevara cartas a su
enamorada, una muchacha que Eulogia creía estaba de buen ver. Hacia unos tres
meses que la andaba haciendo de Celestina, la verdad no lo hacía tanto por el
par de tórtolos sino por los chocolates que le daba Juan a manera de pago.
Se acercó a Juan y recibió la
carta para llevársela a la enamorada, a veces si el sobre no venia sellado le
ganaba la curiosidad y se ponía a leer perdiéndose entre esos susurros que le
llegaban como melodías suaves a los oídos. Nunca pudo leer lo de ella porque lo
cerraba retebien.
Eran tan sólo tres cuadras las
que tenía que caminar hasta el zaguán de la casa de la enamorada, donde ya
la esperaba con impaciente calma. Ése
domingo aunque parecía como cualquier otro no lo fue porque mientras Eulogia ya
con la carta en mano pasaba por la entrada al mercado, Francisca la detuvo arrebatándole
el testimonio de un primer amor y jalándola como a una muñeca de trapo se fueron
a la casa.
Don José venía llegando cuando
Francisca le contó que un hombre le había dado una carta a su hermanita,
aprovechándose el muy sinvergüenza de que andaba sola, no sabiendo que ella los
había estado mirando desde el otro lado de la plaza. Y como lo último que se puede perder es la honra familiar Don
José junto con su esposa, Francisca y Eulogia fueron directito a donde estaba
Juan. El pobre ya estaba asómese y asómese
a ver si Eulogia le traía las letras que
le hacían sentir como si trajera hambre en el estómago.
- Usted, ¿Qué anda haciendo
dándole cartas de enamorado a mi hija? pues si muy enamorado esta óra
cúmplale.- dijo Don José a un incrédulo Juan, aventándole la carta.
- Don José, pero ésa carta no era
para su hija, ¡Es una niña! Ella nomás me hace favor de entregarla. Se la juro por ésta.
Eulogia veía todo con sus ojos
grandes y negros, sin entender muy bien todavía todo el relajo que un inocente
favor había causado y que como resultado cambiaría su vida para siempre.
Juan tomó la carta cuya magia se
había esfumado al posarse ése par de ojos extraños y leyó: “Mi Leonor: Si en el intervalo de tus
ocupaciones mi recuerdo aparece en tu mente ten bien sabido que aquél que te
adora con delirio te lleva en su corazón. Siempre tuyo, Juan”.
No hubo razones y explicaciones
suficientes para sacar a Don José de tan amargo y trágico error y así fue como entre
ambas familias se acordó que Eulogia y Juan se prometían en casamiento.
Doña Meche, mamá de Juan, fue la
más contenta con semejante arreglo, ya que habiendo tenido 5 hijos varones
tener una niña en casa, era un sueño que nunca creyó se fuera a realizar, y así
la cobijo como a una hija. Eulogia iba con tremendas trenzas y un vestido
blanco que pesaba el doble que ella el día de la boda. El evento pasó sin pena
ni gloria y en la noche de bodas Eulogia durmió con doña Meche y así hasta que
cumplió los quince años y se convirtió en una señorita.
Durante tres años Doña Meche la
atendió a todo momento y disfrutaba del precioso regalo caído del cielo. Hasta
que Juan empezó a sentir la necesidad de tener a su mujer, porque bien o mal tenía
una mujer y por todas las de la ley.
No se podía decir que Eulogia y
Juan se odiaran y muy al contrario comenzaron una suerte de complicidad,
seguramente por convivir todos los días. La noche que Juan apareció en el
umbral de la puerta del cuarto de Doña Meche reclamando lo que por derecho le
correspondía fue tomado por todos como algo natural. Doña Meche perdió una hija
pero ganó una nuera ésa noche.
La familia de Eulogia tenía un
puesto de hierbas y curas al fondo del mercado que paso a manos de ella y Juan.
Poco a poco los dos fueron aprendiendo a reconocer el aroma de cada una de las plantas
medicinales y cuál era su uso correcto para combatir esas enfermedades que
creaba un alma herida, también practicaban un poco de magia blanca para el mal
de amores.
Las platicas, risas y miradas de
todos los días los fueron haciendo marido y mujer, al poco tiempo Juan olvidó por
completo a su Leonor. Tal vez no tuvo la historia de amor que se había escrito
para él si ése domingo hubiera sido diferente, pero Eulogia resultó una buena
compañera de viaje.
El puesto se hizo conocido por
curar el mal de amores entre las señoras y señoritas, por lo que no había día
que no se vendiera una de ésas pócimas. Todos los días al caer la noche los dos
machacaban camaleones que antes habían puesto a secar hasta que quedaba un
polvito fino que luego ponían en frasquitos color ambar.
- Póngale éstos polvitos en la
sopita de su señor, y vera como no la deja y si tiene suerte hasta la querrá
más. Decía Eulogia cada vez que explicaba cómo usarlos.
A veces, cuando Juan tomaba la
sopita que Eulogia le servía, se preguntaba si él también comía esos polvitos
de camaleón.
4 feb 2013
COSTUMBRE MISERABLE
Las agujas del reloj de pared que
heredaste de tu abuela marcan ya las dos de la tarde, aquél que señala las
mismas veinticuatro horas que durante siete días a la semana marcan la rutina que
aprendiste de tu madre, y ella de su madre, y la madre de tu madre de su madre
y así hasta llegar a ésas primeras mujeres. Sientes las cadenas invisibles que
las unen y las hacen una sola mujer.
Piensas en tomar un segundo para descansar
y sentir como tu cadera y piernas cansadas se hunden en el poco acolchado que
le queda al sillón grande de tu sala; que ya va para los doce años, los mismos
que llevas casada con Pedro. En el mismo
segundo que lo piensas te das cuenta de que es hora de ir a recoger a Lucía y a
Laura de la escuela, así que tomas el
monedero, las llaves de la casa y a Pedrito mientras esperas que aunque llevé
su nombre no heredé su carácter. Das gracias a Dios de habértelo mandado, sino la
voz de Pedro de no darle un machito te hubiera taladrado la cabeza hasta el día
que te fueras de éste mundo.
Llega la hora de comida y Pedro
de nuevo viene de mal humor porque está cansado y presionado por el trabajo; es
que él sí tiene un trabajo de verdad. Te lo ha repetido hasta el hartazgo cada
vez que no haces bien lo que por costumbre te toca. Muchas veces recuerdas los
tiempos en los que trabajabas y te parece que han pasado más de cien años. Tus
ganas terribles de comerte al mundo se esfumaron entre platos sucios.
Todos los viernes Pedro llega
tarde a la casa porque se va con sus amigos a echarse unas cervezas y cada vez
que asomas un tímido reclamo te contesta que es porque necesita su espacio. Piensas
lo mucho que te gustaría que te invitara a tomártelas con él y es que nunca
pensaste que las idas al cine y a cenar sólo serían mientras eran novios.
Todavía recuerdas lo enojado que estaba
cuando en los quince años de su sobrina tomaste unas cubas y poco a poco
comenzaste a sentir las vibraciones de la música mezcladas con los movimientos
de tu cuerpo mientras soltabas tu espíritu, pero el momento dura poco porque él
te toma fuertemente del brazo llevándote a la mesa.
Durante todo el camino a casa no
te dirige la mirada porque no lo mereces. Cruzan el umbral de la puerta de
entrada antecedida por la reja de hierro macizo hecha para protegerlos de los
robos, aunque en ése momento es un signo innegable de que vives en una prisión a
la que llamas hogar. Te empuja y caes
sobre la cama, con los ojos encendidos
te reclama por haberlo avergonzado.
No hay otra cosa que odies más
que los domingos, no toleras tener que ir con su familia y volverte la
sirvienta ya no sólo de él y tus hijos, sino de todos ellos. Las mujeres ahí se
encargan de la comida y cuidar a los hijos mientras los hombres ven el futbol o
hablan de cosas de “hombres”. Al terminar la comida toca lavar los platos y
aprovechas para hablar con Inés, tu cuñada y te das cuenta que todo podría ser
peor. Te platica que otra vez encontró a Mario con otra, esta vez saliendo del
cine a plena luz del día, ya ni siquiera se preocupa porque lo cache. Al menos
Pedro nunca te engaño ya de casados, porque sí anduvo con su compañera de
trabajo mientras eran novios, pero él te jura que no está enamorado y tú le
crees. A los pocos meses te pide que se casen y no cabes de la felicidad.
Es el día de la boda, suena el
primer baile de casados y no puedes esperar por irte y finalmente estar con
Pedro. Tu prima te acompaño a comprar lencería bonita y gastas parte del
finiquito que te da la empresa a la que acabas de renunciar. Pedro siempre
quiso que su esposa fuera ama de casa y se dedicara por completo a los hijos;
además él te puede ofrecer lo necesario y así se lo asegura a tus papás el día
que te pide. Ahora sabes que a veces se
gasta parte de la quincena en parrandas y por eso tú siempre tienes un
guardadito.
Una vez a la semana tienes sexo y es parecido a caminar sin zapatos sobre
hielo, el frío te cala en lo más profundo del alma. Primero te pregunta si te
vas a bañar porque tiene la manía de que estés limpia, como si le diera asco probar
tu verdadero sabor, no ése que te deja el jabón. Comienza a tocarte rápidamente
sin darse el tiempo de sentir tu piel, pasan unos minutos y se desabrocha el
pantalón, te quita la blusa y comienza a tocar tus senos como panes que hay que
amasar fuertemente, no te gusta pero no dices nada. Sus besos te ahogan y su
lengua parece una bailarina sin gracia. Piensas que falta poco para que se
desnude por completo, suba encima de ti y abra tus piernas para estar dentro. Puedes
contar uno, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta. Sus jadeos
cesan y todo termina mientras te da un beso en la frente. Se para de la cama y
ahora es él quien se baña para quitar todo rastro del triste número del que
acabas de ser testigo.
Es medianoche y de nuevo estas en
la cocina, con el frasco de pastillas en la mano mientras te preguntas si él notará
tú ausencia o recordará tú presencia.
Abres la vitrina y tomas un vaso
del juego de la vajilla de bodas, te sirves agua, abres el frasco y cuentas
quince pastillas, justo las que necesitas para alzar el vuelo de una buena vez.
Estas parada en medio de esa fría cocina y ves tú reflejo en la ventana, pareces
una sombra gris casi sin forma y te asusta.
Avanzan las manecillas del reloj
de pared mientras vas enumerando los buenos recuerdos, los puedes contar con
los dedos de una mano y todos incluyen a Lucía, Laura y Pedrito. Respiras hondo,
muy hondo y devuelves una por una las pastillas a su frasco, las mismas que
seguramente volverás a contar.
24 ene 2013
16 ene 2013
Mi suéter
Ya es tiempo, es hora. Así que me preparo y no es una despedida fácil, me ha costado y la he alargado lo más que he podido, he negociado a través de mails, mensajes breves, propuestas sin respuestas pero hoy es el día.
Me preparo para enterrarte, siento como si fuera a dejar un suéter, uno del cual estoy absolutamente segura siempre me quita el frío y me queda perfecto porque no me aprieta ni me queda flojo. Es calentito y suave. El problema es que ése suéter ya no esta mas en mi armario, no se me perdió simplemente un día decidió irse, porque es un suéter con ideas propias. Es voluntarioso y muy independiente, y aunque mi cuerpo dependiente lo pide con gritos silenciosos el suéter ha decidido no regresar más.
Ni siquiera podré enterrarlo enterrarlo porque ya ni siquiera lo tengo pero si tengo que hacer una sepultura representativa, para darle credibilidad al asunto. Le digo adiós a todo lo bueno que me dio ése suéter porque a mi edad se que las cosas no duran para siempre y que todo en algún momento se acaba. Adiós querido suéter no me quedas ni grande ni chico ni estas agujereado ni gastado ni me aburriste, es sólo que como tú bien me lo dijiste eras un suéter de una sola temporada.
7 ene 2013
AÑO VIEJO
El año que se ha ido nada me pudo dar
y lo que era mió lo perdí sin remedio;
abundaron mis días en instantes de tedio
y cante por inercia, dolorosa cantar.
El año que se ha ido me miró naufragar
sin una hora blanca de plácido intermedio;
no disfruté, sereno, justo termino medio
y, despertó, en abulia, me olvidé de soñar.
Días grises, perdido en rudo mendigar
cediendo ante el abrazo del dolor en asedio;
sufriendo la vergüenza de rodar y rodar...
Hambre viva en horrible pesadilla, y mirar
que lo que era mio lo perdí sin remedio.
El año que se ha ido nada me pudo dar.
Mi abuela
Me encontré este papelito escrito a máquina por mi abuela, la fecha no la sé. Me gusta pensar que el gusto de escribir lo heredé de ella y sus tías.
y lo que era mió lo perdí sin remedio;
abundaron mis días en instantes de tedio
y cante por inercia, dolorosa cantar.
El año que se ha ido me miró naufragar
sin una hora blanca de plácido intermedio;
no disfruté, sereno, justo termino medio
y, despertó, en abulia, me olvidé de soñar.
Días grises, perdido en rudo mendigar
cediendo ante el abrazo del dolor en asedio;
sufriendo la vergüenza de rodar y rodar...
Hambre viva en horrible pesadilla, y mirar
que lo que era mio lo perdí sin remedio.
El año que se ha ido nada me pudo dar.
Mi abuela
Me encontré este papelito escrito a máquina por mi abuela, la fecha no la sé. Me gusta pensar que el gusto de escribir lo heredé de ella y sus tías.
27 dic 2012
Síndrome de abstinencia
Me siento bastante ansiosa y apenas es el segundo día ¿Cómo harán los fumadores? Los fumadores de verdad digo, esos que se fuman por lo menos una cajetilla diaria. No, no estoy dejando de fumar, es tan sólo una metáfora que se me ocurrió y que se asemeja bastante a lo que me esta pasando ahora. Leí en algún lugar que aquello a lo que no le das poder en tu mente no afecta tu vida, y eso estoy tratando de hacer estos últimos dos días. Hace varios días que tengo insomnio, y la única manera de dormirme es comenzar a fantasearte, si la fantasía me induce el sueño, ¡Qué sano lo mio!. Y bueno para ser sincera no es únicamente en mis días de insomnio, sino cuando estoy bañándome, frente a la compu, comiendo sola, en momentos de ocio en el trabajo, incluso cuando estoy con amigos o el peor de todos en algún bar. Tengo todo un arco iris de fantasías respecto a ti y depende de mi humor elijó una diferente cada noche. La que me gusta un poco más es pensar que te conviertes en una especie de célibe, digo, que te vuelves una especie de buda moderno que busca la paz consigo mismo y el cosmos, lo encuentras en las pequeñas cosas mientras vas triunfando en aquellas características de los mortales. Otra que me gusta, sobre todo cuando fue un día pesado es imaginar que nos encontramos en un futuro de mediano plazo, por esos efectos mariposas que se dan todos los días y que nos parecen imperceptibles a los que andamos dando vueltas por ahí. Nos echamos una plática, unas miradas y después todo se va tejiendo de nuevo. O a veces, cuando tengo un calorcito por todo el cuerpo, uso imágenes de los dos, y las coloco en nuevos escenarios, como cambiar el fondo dejando la misma coreografía. Y entonces imagino tus labios, y trato de recordar tu aroma y como se sentían tus brazos, la forma de tus labios en los míos, tus sonrisas entre medio y el vaivén de tus movimientos, ésa última es la que mejor funciona para atraer a morfeo.
Así que hace dos días estoy con falta de nicotina, y no es porque cuestiones de salud sino mas bien la determinación de dejar el salvavidas en el que lentamente y sin pensarlo te convertiste durante todo este año, y como a nuevo año nueva cara, habrá que dejarlo en medio del mar, ya sea que llegue a la orilla de una isla o se quede vagando por siglos y siglos enteros en un mar que a veces actúa como pacifista y otros como un guerillero.
30 nov 2012
¿CONOCES A LOLA?
Mi vista comenzó a nublarse por los puntitos de color negro que
fueron apareciendo hasta dejar todo en algo más obscuro que la tiniebla misma.
Poco a poco escuché el sonido seco que golpeaba la puerta del departamento. al
tiempo que observaba mis manos y mi ropa teñida de un color rojo oscuro. Recuerdo
los gritos, arañazos, golpes y finalmente la vi, ésa piedra pisapapel que permanece
inerte en el suelo, haciendo silencio para que nadie note que fue ella quien
dio el golpe de gracia, poniendo su cara más inocente.
A Lola, de nombre completo Dolores en honor a su abuela
materna, la conocía desde hace quince años. Era mi mejor amiga y también mi
mejor enemiga. Nos conocimos cuando las dos teníamos siete años. Recuerdo que
lo primero que me dijo fue: ¿Por qué tienes los cachetes tan grandotes? y
después agregó ¿A poco no te han comprado la nueva Barbie doctora? Sin maldad, sólo
estaba siendo Lola. -¿Cómo nos hicimos amigas?- me pregunta el oficial. Pues ni
yo misma lo sé, supongo que fue por todas las tardes que pasamos jugando en su
casa o la mía, solo 2 rejas nos separaban. Vivíamos en una colonia de clase
media que soñaba con ser de la alta, en donde los papás salían trajeados desde
muy temprano y las mamás se quedaban en casa.
Todas las niñas del salón la invitaban a comer los viernes para
jugar a armar casitas de las Barbies.
Ella siempre iba con la niña que tuviera más juguetes y con la mamá que
cocinara más rico. Yo también tenía amigas, pero nunca tantas como Lola. Las
monjas del colegio muchas veces la invitaban a desayunar con ellas, porque era
una niña ¡tan bonita y tan güerita!, decían.
La mamá de Lola siempre hablaba de los viajes y fiestas que
había hecho de joven, y por esa razón cuando Lola cumplió los quince se
gastaron todos los ahorros en una fiesta elegante y a la vez cargada de
detalles, que dieran cuenta de que Lola era de buena familia y llegado el momento
se iba casar con un “niño bien”. Además de la fiesta sus abuelos maternos le
regalaron un viaje a Europa en el verano. Al entrar a la escuela, no se habló
de nada más que Lola en la Torre Eiffel, Lola en el Arco del Triunfo, Lola en
el Coliseo Romano, Lola en el Gran Canal, Lola en el muro de Berlín, Lola,
Lola, Lola. Yo también tuve fiesta de 15 y un viaje a Walt Disney Florida, que no
le llegó ni a la mitad a los festejos de Lola.
Algo que Lola heredó de su madre fue su buen cuerpo. Tenía un escote seductor sin ser provocador,
una cintura pequeña y curvas que todos volteaban a ver. Muchas veces me
descubrí a mi misma mirándola por las mañanas, mientras desayunábamos juntas,
me gustaba ver sus piernas desnudas sin un centímetro de celulitis y sus senos
transparentándose por su pijama. Lola tuvo varios novios en la secundaria y la
preparatoria, pero creo que jamás se enamoró de ninguno. Cada vez que me
gustaba alguno y empezábamos a hablar siempre terminaba interesado más por Lola
que por mí, y era a ella a quien le pedían el teléfono.
Al terminar la prepa decidimos estudiar juntas, y nuestro
plan fue estudiar fuera. Yo estudié bioquímica y Lola arquitectura. Nuestros
papás nos dejaron instaladas en lo que sería nuestro departamento, después de
mucho convencerlos de que seríamos responsables y cuidadosas pero que no nos
llevaran a una casa de huéspedes.
En el primer año de la Universidad nos pusimos nuestra
primera borrachera en serio, fumamos nuestro primer porro y tuvimos sexo por primera
vez. Yo lo hice porque creía que estaba enamorada y Lola por curiosidad. Lola
tuvo muchas más parejas que yo, y siempre le tocaban juniors que tenían coche y
le pagaban todo. Cuando salíamos a mí también me
invitaban, pero únicamente para que Lola se quedará más tiempo y no nos fuéramos
temprano.
En el último semestre de la universidad Lola conoció a
Marcos, un niño bonito del TEC. A los 3 meses ya se querían casar y estaban
locamente enamorados, o bueno él estaba locamente enamorado. Lola sólo cumplía
con el requisito que desde niña supo que tenía si quería llevar la fiesta en
paz con su mamá.
Durante seis meses no existió otra cosa más que la boda,
respirábamos, comíamos y cagábamos boda. El departamento era un campo de
batalla de muestras de tela, invitaciones, flores, arreglos, y demás
pendejadas.
-¿Qué sentimientos tenía hacia la occisa?- Pregunta el
oficial. Supongo que tendría que decir celos, y ¿Qué desde cuando los comencé a
sentir? pues tal vez desde que la conocí. Ése día creo que me convertí en una
sombra que nunca pedí ser y que jamás se iluminó. No soy ninguna víctima, yo
muchas veces elegí estar allí, pero es que nunca podía decirle no.
Ésa mañana nos vimos después de casi tres meses, meses
maravillosos para mí porque comenzaba a desaparecer ésa cosa innombrable atorada
en el pecho. Lola me llamó y quedó de ir a desayunar a mi departamento. Yo
estaba bastante ocupada por terminar la tesis pero de nuevo la sensación de no
poderle decir que no. Le sugerí vernos en un café a la vuelta de mi casa, pero
insistió ¡tan terca como siempre! que mejor en mi depa, así podíamos echar el
chisme más a gusto ¡Que diferente historia si hubiera aceptado ir al café!
Llegó dos horas más tarde y comenzó a hablar de lo maravillosa
que fue la luna de miel. Habían ido a un crucero de lujo por Europa que los
papás de Marcos habían pagado. Volver a
la Torre Eiffel fue lo mejor del mundo. -Porque no fue lo mismo conocerla en un
viaje de quinceañera que colgada del brazo de tu marido.- Me dijo. Las fotos
eran espectaculares, dignas para estar en la portada de la revista Quién.
Al terminar la milésima anécdota hizo una pausa y tomó un
sorbo de café mientras hacía una mueca que probablemente era un intento de
sonrisa, y antes de que comenzara a contar la siguiente sentí como si el botón
que regula la olla express saliera disparado. No podía seguir escuchando otra
historia de la maravillosa vida de Lola, tenía que parar ésa tortura. La sangre
me subió como lava ardiendo, las manos parecieron cobrar vida propia y mi
cerebro se inundó de una ola gigante, donde la razón quedo sumergida por el
odio.
Salté por encima de la mesa, y comencé a jalarle su corte de
600 pesos, la empujé varias veces contra la mesa, el sillón y luego la pared.
Las dos gritábamos como locas, y de repente un golpe. Luego llegaron enfilados los
puntitos negros hasta quedar en negro total.
15 nov 2012
El amor y sus escalas
Entró a la pizzería y con una sonrisa me pidió que le
vendiera una cerveza. Sentí un hormigueo acompañado de una sensación de calor en
lo bajo. Lo miré a los ojos, sonreí un poco y le di su cambio mientras
hablábamos de cosas sin importancia.
Ojalá que Luis me prendiera todavía como lo hace él, pensé.
Imaginé lo que sería tener una aventura, aunque yo misma había dicho a veces en
broma y otras en serio que no perdonaría una infidelidad. Las cosas estaban tan
jodidas últimamente que me pareció divertido coquetear con el chico que vivía unos
cuantos pisos arriba en el mismo edificio del local; era como subirse a una
montaña rusa cuando las vueltas del carrusel ya te marearon.
Odiaba mi chamba y tener que tolerar a mi jefe y
compañeros, pero era el precio a pagar si quería estudiar y vivir por mi
cuenta. Hacía 2 años mi mamá lo había dicho claro: Si te quedas aquí, es bajo
mis reglas. La verdad es que nunca me gustó seguirlas, o quizá sólo fueron mis
ganas de vivir un amor libre con Luis.
Ésa noche me invitó a una pequeña fiesta en su
departamento. -Algo tranquilo, ¿Por qué
no le caes cuando salgas de aquí?- preguntó. Al entrar percibí un olor a
cerveza y hormonas. Me presentó al par de chicos y chicas que estaban, mientras
aceptaba una cerveza para ir durmiendo la conciencia.
El departamento me gustó porque era sencillo y sin
rebusques, a diferencia de mi casa; bueno de Luis y mía. Durante un rato observé
como atendía a los demás haciéndolos sentir cómodos y demostrando autoridad
provocando de nuevo ésa sensación de calor.
Hablamos lo suficiente para sentir que ya nos conocíamos de
antes y generar la confianza efímera que acompañará el resto de la noche. Sentí
su mirada sobre mi escote subiendo por mi cuello y parando en mis labios. No
recuerdo la hora exacta pero ya entraba la madruga cuando él se fue acercando
mientras yo cerraba los ojos. Me besó intenso, salvaje y largo. Sentí sus
labios y como jugaba su lengua con la mía, mientras nuestros sabores se
reconocían.
¡Qué sensación tan extraña!, me decía a mí misma una y otra
vez. Fui abrigando su piel de a poco mientras las máscaras y capas iban cayendo
de a una. Sus besos llenaron mis orejas y
mis hombros hasta perderse por mis muslos. La luz de la calle se coló por la
ventana iluminando su tatuaje de flores que sobresalía por su cadera y subía
hasta desvanecerse por las costillas. La energía fue concentrándose hasta
sentir un hormigueo por todo el cuerpo escapando finalmente en la forma de un suave
quejido.
Me quedé un rato acostada a su lado repasando cada imagen mientras
la guardaba en algún lado de mi alma. Terminé de vestirme y me acompaño hasta
la puerta donde esperaba mi taxi. No hubo necesidad de decir nada más.
A la mañana siguiente desperté en mi cama con las nuevas
sensaciones agolpadas en mi memoria. Luis me llevaba té y un par de galletas a la orilla de la cama y yo solo atiné a responderle con un beso tierno y lleno de
costumbre.
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