18 ago 2013
Lo ambiguo
Y lo más difícil no fue escucharte diciendo que tenías que reflexionar lo que sentías por mí, como si la atracción fuera algo racional que se pudiera seccionar y analizar con el cerebro, era elegir entre un No o un Beso. Lo complicado fue tomar los vuelos de mi vestido largo, pisar el cemento con mis tacones de diez centímetros y cerrar la puerta de tu coche, con toda mi vergüenza y vulnerabilidad a cuestas. Éso fue lo verdaderamente jodido.
4 ago 2013
Renuncia
- ¿Qué dejé por ti?, me preguntas con tu tono de reclamo. Esperando que mi respuesta te dé por fin la excusa para dejarme.
- Todo, ¡Absolutamente todo!, te contestó, mientras acarició tu pecho desnudo con mis piernas anudadas a las tuyas.
- Y te quedas.
- Todo, ¡Absolutamente todo!, te contestó, mientras acarició tu pecho desnudo con mis piernas anudadas a las tuyas.
- Y te quedas.
1 ago 2013
Felino
Te miré directo a los ojos verde-miel y te pregunté
- Así que te gustan las mujeres desapegadas, ¿eh?
- Asentiste, con una casi sonrisa en tus labios delgados.
- Perfecto, entonces renunciaré a toda necesidad de apego, por ti. Te dije.
- Así que te gustan las mujeres desapegadas, ¿eh?
- Asentiste, con una casi sonrisa en tus labios delgados.
- Perfecto, entonces renunciaré a toda necesidad de apego, por ti. Te dije.
23 jul 2013
ALICANTE POR SIEMPRE
Fue
en el mes de Mayo cuando tus ojos tropezaron con los míos, el día que los
conocí fue el mismo que me perdí a mi misma. Tenía dieciocho años y ya estaba
en búsqueda de marido porque mi útero comenzaba a palpitar, ansioso de albergar
alguna criatura. No te voy a mentir, pensé que tendría un casamiento arreglado
con algún muchacho sencillo que me ofreciera un futuro modesto, alguien con
quien envejecer tranquilamente. Sin embargo, en el cielo ya se había trazado
algo muy distinto.
Atravesaste
el salón seguro de ti mismo, tomaste mi mano y sentí tu tacto áspero con olor a
tintas; me arrastraste al centro del baile. Tus pasos y los míos se volvieron
uno, podía sentir tu aliento en mi oreja y la verdad estabas más cerca de mí que lo permitido por
la moral en esos días, tanto que pude sentir tu sexo ensanchándose en mi muslo.
Era la primera vez que tenía un contacto así, las piernas me temblaban y sino
fuera por lo fuerte que me sujetabas seguramente me hubiera ido de bruces hasta
el suelo. Al terminar la canción, me soltaste rápidamente, inclinaste la cabeza
y rozaste con tus labios mi mejilla susurrando un gracias mientras te alejabas,
dejándome apenas con el tiempo suficiente
para recuperar el equilibrio. Yo me quedé con ganas de más, ése fue el
problema, yo siempre quise más de ti y tú te diste muy poco.
No
tarde en saber quién eras, las muchas mujeres que habían pasado por tus
sábanas, eras un artista y yo ignorante de tu profesión no entendí a qué se
refería la palabra; los años me fueron enseñando que eras la pasión, el extremo
de fusión y lejanía, inestabilidad, capricho e insolencia, pero así y todo te
amé con cada una de mis células, tejidos, músculos y sentidos. Te busqué hasta
encontrarte y entonces me vendí como la mejor de las mujeres, aquélla que estaría
siempre para ti respetando tus espacios sin ningún reclamo, tú me creíste y te
juró que yo también.
Comenzaste
a visitarme cada sábado con el permiso de mis padres pero poco a poco aprendí a
mentirles para poder pasar más tiempo en
tu compañía. Todas las noches se convirtieron en visitas al bar, ésa pocilga,
dónde tú y otros virtuosos se reunían para hablar del comunismo y otras
barbaridades que aunque entendía me parecían nimiedades. El olor a puro teñía
mis ropas mareándome hasta el punto donde lo único que me interesaba era mirar
tus ojos enmarcados con gruesos lentes; y escuchar el sonido que salía de tus
labios delgados pero perfectamente delineados. Cuando la velada me parecía
insoportable y el lugar se encontraba
casi desierto, me colgaba a tu cuello, entonces
tú me decías, ¡Quieta niña! y yo te suplicaba que nos fuéramos a estar
solos, a comunicarnos a través del alma. Te despedías solemne de tus colegas
envueltos en sus trajes de artistas y nos íbamos.
Al
llegar a casa me veía al espejo y no me reconocía, porque tú mirada le dio
nombre de atributos a todo lo que me conformaba como mujer. Mis ojos me
parecieron de pronto profundos y llenos de luz, mi piel tersa y suave, mis pechos redondos y
voluptuosos, mi cintura estrecha; todo
mi cuerpo se fue despertando para recibirte.
A nuestra boda sólo fueron unos cuantos. Todos
pensaban que estaba loca por querer atar lo que es libre por naturaleza. A mí
no me importo renunciar a mi familia por ti. Mi madre lloró desconsolada
mientras nos prometíamos como marido y mujer. La noche de bodas llevaste una
botella de vino, tomaste un trago y lo vertiste directamente sobre mi boca, y
me pediste que hiciera lo mismo. Comenzaste a besarme e impregnar con olor a
madera vieja, frutos rojos y alcohol todo mi ser. Sentí un ligero ardor cuando
depositaste un poco de aquello sobre mi sexo y comenzaste a saborearlo y
degustarlo con calma y ansias. Exhaustos de ése intercambio de amor y comunión
quedamos dormidos sobre sábanas húmedas.
El
idílico amor duró poco más de tres años, cuando tus ausencias comenzaron a
hacerse más frecuentes. Para entonces me habías convertido en madre en dos
ocasiones, pero dentro de mí sabía que yo sólo vivía para ti, y tú para tu
arte. Durante el siguiente par de años tú alejamiento creció, entonces yo me
volví loca e intenté cualquier cosa para recuperar tu mirada: escenas de celos,
amenazaba con quitarme la vida, con quitártela, con no dejarte ver nunca más a
tus hijos que eran tu adoración, pero a cambio sólo recibí tu mirada burlona. Tardé
mucho en aceptar que te habías enamorado de nuevo, tu corazón ya no me
pertenecía. Había sido tolerante a tus muchos encuentros casuales pero éste era
diferente. Me supe derrotada y no encontré ninguna otra razón para seguir. Una
mañana desperté en una cama vacía donde no quedaba rastro de ningún ardor
entonces tomé a los niños y me subí al primer tren que me llevara a Alicante
donde el mar inmenso y la paz infinita nos esperaban.
Bajamos
del tren y caminamos directo hacia la costa, al llegar pude sentir el agua
rozando mis pies, tobillos y rodillas. Los niños daban brincos agarrados
fuertemente de mi mano, jugaban con las olas. Lo único que me consolaba
mientras el gigantesco azul iba envolviéndonos con sus aguas frías hasta
tragarnos para siempre fue saber que el dolor de perder a tus hijos te calaría
en cada uno de tus huesos.
1 jul 2013
21 may 2013
1 mar 2013
MEDIA DOCENA
Despertó y aún con la visión borrosa
lo vio acostado a su lado, su pecho bajaba y subía acompasando su respiración
tranquila, pero lo único que ella percibió fue lo soso que le pareció; tanto que
no se le antojó despertarlo cómo era su manera habitual, toquetearlo un poco
por ahí y por allá, al final sólo necesitaba un poco de estímulo hasta el asta
izará la bandera. Él era su Primero y habían estado juntos ya por mucho tiempo,
aunque al final eso del tiempo es algo de lo más subjetivo. Ése día mientras
desayunaban se lo dijo, ya no estaba enamorada y le daría unos días para que
buscara dónde quedarse.
Entró al baño y un par de lágrimas rodaron
por su rostro las mismas que se secaron más rápido de lo que tardaron en salir.
Lo mejor del Segundo eran las
pláticas hasta el amanecer, sentía que podía hablar de cualquier cosa, desde
debates a muerte sobre si Dios existía o no hasta las ideas más banales y
estúpidas que habían tenido durante el día. Los besos no eran tan necesarios
porque la boca la usaban para hablar y las manos para hacer gestos que
acompañaran las palabras. Un día mientras charlaban se dio cuenta que los temas
habían acabado y así, en medio de la noche le dijo que era hora de buscarse
otro lugar para vivir.
Pronto llegó el Tercero, en dónde el
sexo era el elemento común en todas las ecuaciones, lo hacían si la película
era buena o mala, si la cena estaba rica o se había quemado, si el equipo de él
ganaba o perdía, si estaba lloviendo o si hacía un calor insoportable; tener
sexo se volvió en el único desenlace para todos esos eventos cotidianos. De
repente comenzó a sentirse aburrida de tantas montadas y misioneros, y le dijo que era hora de que se fuera.
A los pocos meses se presentó el Cuarto
frente a su puerta, era el vecino que vivía dos pisos arriba. Acababa de
mudarse de otra ciudad y estaba desesperado por conectarse con su nuevo mundo.
Todo pasó tan rápido que de pronto sus cajones se impregnaron con olor a
hombre, había libros regados por ahí que no eran de ella, no recordaba la
última vez que había podido dormir a sus anchas y mucho menos cuándo había
tomando un baño sin sentir que la miraban. Ésa noche cuando él llegó ya lo
esperaba una caja acompañada de una cara que gritaba que ya habían terminado.
Un vaso se estrelló contra la puerta,
era la tercera vez ésta semana. Lo que más la enojó es que era de sus vasos
favoritos y ni siquiera sabía el porqué de la pelea. Su visión desde que estaba
con el Quinto se había vuelto dicromática, todo era blanco o negro, o mejor
dicho rojo sangre o rosa amor. Había tenido las mejores risas de su vida y las
miradas más melosas aunque también de su boca habían salido los insultos más
hirientes y la indiferencia más fría que a veces duraba días. El punto de
quiebre fue cuando la ignoró toda la noche en aquel bar, por lo que decidió
tomar un taxi y nunca más responder un llamado de él.
Habían pasado ochocientos cincuenta
días con él, su Sexto, que se sentía como un equilibrio perfecto. Las peleas se
podían hablar tranquilamente y los enojos duraban apenas unas horas que pronto
se disolvían con algún beso tierno. Las pláticas fluían y parecía que las
palabras formaban sinfonías de horas y horas. Durante el día podía olerlo a él
sobre todo su cuerpo, sólo bastaba ponerse su brazo sobre la nariz para
recordar cómo habían intercambiado un lenguaje secreto durante toda la noche,
un lenguaje que únicamente él y ella habían aprendido a hablar. Lo mejor era la
sensación de estar compartiendo.
Había sido un día pesado y sabía que
detrás de la puerta la esperaba el remedio perfecto, una cerveza bien fría
servida con unos besos que seguían teniendo magia, pero en su lugar encontró un
par de maletas y cajas en el pasillo. Sintió que su estomago se cerró, sus
manos se durmieron y las piernas perdieron el piso porque entendió que pronto
escucharía salir de una boca que sólo por esta vez no sería la de ella, la
frase: se termino.
25 feb 2013
7 feb 2013
Polvos de Camaleón
Un domingo en la plaza principal
de un pueblito que como cualquier otro en México tenía una iglesia con
ornamentos bañados en oro, un palacio municipal construido de cantera y ahí
justo en el centro un kiosco de color rojizo rodeados de un jardín; varios niños
correteaban a las palomas y perros, señoras cubiertas con velo salían de misa
de doce cumpliendo así con su obligación dominical, ¡Dios no quisiera que se
les viera como poco devotas!, y señores que
contaban lo difícil que era trabajar las tierras y como el abusado del
ejidatario se había hecho menso al no entregar completo lo que había llegado
desde la ciudad de México.
Y ahí en medio de todo estaba Eulogia
con sus tiernos doce años y su vestido rosa parada frente al puesto más
colorido del mercado haciéndosele agua la boca por las biznagas, alfajores,
garapiñados y glorias, para ella eran regalos de los dioses, ésos que su abuela
le contaba existieron hace mucho, pero ya nadie se acordaba de adorarlos.
Estaba pensando en decirle a su
hermana Francisca que le comprará alguno cuando vio cómo Juan le hacía señas
para que se acercara. Juan, era un muchacho de veintitantos años con ojos miel
bañados de ilusión y cada domingo le pedía de favor que le llevara cartas a su
enamorada, una muchacha que Eulogia creía estaba de buen ver. Hacia unos tres
meses que la andaba haciendo de Celestina, la verdad no lo hacía tanto por el
par de tórtolos sino por los chocolates que le daba Juan a manera de pago.
Se acercó a Juan y recibió la
carta para llevársela a la enamorada, a veces si el sobre no venia sellado le
ganaba la curiosidad y se ponía a leer perdiéndose entre esos susurros que le
llegaban como melodías suaves a los oídos. Nunca pudo leer lo de ella porque lo
cerraba retebien.
Eran tan sólo tres cuadras las
que tenía que caminar hasta el zaguán de la casa de la enamorada, donde ya
la esperaba con impaciente calma. Ése
domingo aunque parecía como cualquier otro no lo fue porque mientras Eulogia ya
con la carta en mano pasaba por la entrada al mercado, Francisca la detuvo arrebatándole
el testimonio de un primer amor y jalándola como a una muñeca de trapo se fueron
a la casa.
Don José venía llegando cuando
Francisca le contó que un hombre le había dado una carta a su hermanita,
aprovechándose el muy sinvergüenza de que andaba sola, no sabiendo que ella los
había estado mirando desde el otro lado de la plaza. Y como lo último que se puede perder es la honra familiar Don
José junto con su esposa, Francisca y Eulogia fueron directito a donde estaba
Juan. El pobre ya estaba asómese y asómese
a ver si Eulogia le traía las letras que
le hacían sentir como si trajera hambre en el estómago.
- Usted, ¿Qué anda haciendo
dándole cartas de enamorado a mi hija? pues si muy enamorado esta óra
cúmplale.- dijo Don José a un incrédulo Juan, aventándole la carta.
- Don José, pero ésa carta no era
para su hija, ¡Es una niña! Ella nomás me hace favor de entregarla. Se la juro por ésta.
Eulogia veía todo con sus ojos
grandes y negros, sin entender muy bien todavía todo el relajo que un inocente
favor había causado y que como resultado cambiaría su vida para siempre.
Juan tomó la carta cuya magia se
había esfumado al posarse ése par de ojos extraños y leyó: “Mi Leonor: Si en el intervalo de tus
ocupaciones mi recuerdo aparece en tu mente ten bien sabido que aquél que te
adora con delirio te lleva en su corazón. Siempre tuyo, Juan”.
No hubo razones y explicaciones
suficientes para sacar a Don José de tan amargo y trágico error y así fue como entre
ambas familias se acordó que Eulogia y Juan se prometían en casamiento.
Doña Meche, mamá de Juan, fue la
más contenta con semejante arreglo, ya que habiendo tenido 5 hijos varones
tener una niña en casa, era un sueño que nunca creyó se fuera a realizar, y así
la cobijo como a una hija. Eulogia iba con tremendas trenzas y un vestido
blanco que pesaba el doble que ella el día de la boda. El evento pasó sin pena
ni gloria y en la noche de bodas Eulogia durmió con doña Meche y así hasta que
cumplió los quince años y se convirtió en una señorita.
Durante tres años Doña Meche la
atendió a todo momento y disfrutaba del precioso regalo caído del cielo. Hasta
que Juan empezó a sentir la necesidad de tener a su mujer, porque bien o mal tenía
una mujer y por todas las de la ley.
No se podía decir que Eulogia y
Juan se odiaran y muy al contrario comenzaron una suerte de complicidad,
seguramente por convivir todos los días. La noche que Juan apareció en el
umbral de la puerta del cuarto de Doña Meche reclamando lo que por derecho le
correspondía fue tomado por todos como algo natural. Doña Meche perdió una hija
pero ganó una nuera ésa noche.
La familia de Eulogia tenía un
puesto de hierbas y curas al fondo del mercado que paso a manos de ella y Juan.
Poco a poco los dos fueron aprendiendo a reconocer el aroma de cada una de las plantas
medicinales y cuál era su uso correcto para combatir esas enfermedades que
creaba un alma herida, también practicaban un poco de magia blanca para el mal
de amores.
Las platicas, risas y miradas de
todos los días los fueron haciendo marido y mujer, al poco tiempo Juan olvidó por
completo a su Leonor. Tal vez no tuvo la historia de amor que se había escrito
para él si ése domingo hubiera sido diferente, pero Eulogia resultó una buena
compañera de viaje.
El puesto se hizo conocido por
curar el mal de amores entre las señoras y señoritas, por lo que no había día
que no se vendiera una de ésas pócimas. Todos los días al caer la noche los dos
machacaban camaleones que antes habían puesto a secar hasta que quedaba un
polvito fino que luego ponían en frasquitos color ambar.
- Póngale éstos polvitos en la
sopita de su señor, y vera como no la deja y si tiene suerte hasta la querrá
más. Decía Eulogia cada vez que explicaba cómo usarlos.
A veces, cuando Juan tomaba la
sopita que Eulogia le servía, se preguntaba si él también comía esos polvitos
de camaleón.
4 feb 2013
COSTUMBRE MISERABLE
Las agujas del reloj de pared que
heredaste de tu abuela marcan ya las dos de la tarde, aquél que señala las
mismas veinticuatro horas que durante siete días a la semana marcan la rutina que
aprendiste de tu madre, y ella de su madre, y la madre de tu madre de su madre
y así hasta llegar a ésas primeras mujeres. Sientes las cadenas invisibles que
las unen y las hacen una sola mujer.
Piensas en tomar un segundo para descansar
y sentir como tu cadera y piernas cansadas se hunden en el poco acolchado que
le queda al sillón grande de tu sala; que ya va para los doce años, los mismos
que llevas casada con Pedro. En el mismo
segundo que lo piensas te das cuenta de que es hora de ir a recoger a Lucía y a
Laura de la escuela, así que tomas el
monedero, las llaves de la casa y a Pedrito mientras esperas que aunque llevé
su nombre no heredé su carácter. Das gracias a Dios de habértelo mandado, sino la
voz de Pedro de no darle un machito te hubiera taladrado la cabeza hasta el día
que te fueras de éste mundo.
Llega la hora de comida y Pedro
de nuevo viene de mal humor porque está cansado y presionado por el trabajo; es
que él sí tiene un trabajo de verdad. Te lo ha repetido hasta el hartazgo cada
vez que no haces bien lo que por costumbre te toca. Muchas veces recuerdas los
tiempos en los que trabajabas y te parece que han pasado más de cien años. Tus
ganas terribles de comerte al mundo se esfumaron entre platos sucios.
Todos los viernes Pedro llega
tarde a la casa porque se va con sus amigos a echarse unas cervezas y cada vez
que asomas un tímido reclamo te contesta que es porque necesita su espacio. Piensas
lo mucho que te gustaría que te invitara a tomártelas con él y es que nunca
pensaste que las idas al cine y a cenar sólo serían mientras eran novios.
Todavía recuerdas lo enojado que estaba
cuando en los quince años de su sobrina tomaste unas cubas y poco a poco
comenzaste a sentir las vibraciones de la música mezcladas con los movimientos
de tu cuerpo mientras soltabas tu espíritu, pero el momento dura poco porque él
te toma fuertemente del brazo llevándote a la mesa.
Durante todo el camino a casa no
te dirige la mirada porque no lo mereces. Cruzan el umbral de la puerta de
entrada antecedida por la reja de hierro macizo hecha para protegerlos de los
robos, aunque en ése momento es un signo innegable de que vives en una prisión a
la que llamas hogar. Te empuja y caes
sobre la cama, con los ojos encendidos
te reclama por haberlo avergonzado.
No hay otra cosa que odies más
que los domingos, no toleras tener que ir con su familia y volverte la
sirvienta ya no sólo de él y tus hijos, sino de todos ellos. Las mujeres ahí se
encargan de la comida y cuidar a los hijos mientras los hombres ven el futbol o
hablan de cosas de “hombres”. Al terminar la comida toca lavar los platos y
aprovechas para hablar con Inés, tu cuñada y te das cuenta que todo podría ser
peor. Te platica que otra vez encontró a Mario con otra, esta vez saliendo del
cine a plena luz del día, ya ni siquiera se preocupa porque lo cache. Al menos
Pedro nunca te engaño ya de casados, porque sí anduvo con su compañera de
trabajo mientras eran novios, pero él te jura que no está enamorado y tú le
crees. A los pocos meses te pide que se casen y no cabes de la felicidad.
Es el día de la boda, suena el
primer baile de casados y no puedes esperar por irte y finalmente estar con
Pedro. Tu prima te acompaño a comprar lencería bonita y gastas parte del
finiquito que te da la empresa a la que acabas de renunciar. Pedro siempre
quiso que su esposa fuera ama de casa y se dedicara por completo a los hijos;
además él te puede ofrecer lo necesario y así se lo asegura a tus papás el día
que te pide. Ahora sabes que a veces se
gasta parte de la quincena en parrandas y por eso tú siempre tienes un
guardadito.
Una vez a la semana tienes sexo y es parecido a caminar sin zapatos sobre
hielo, el frío te cala en lo más profundo del alma. Primero te pregunta si te
vas a bañar porque tiene la manía de que estés limpia, como si le diera asco probar
tu verdadero sabor, no ése que te deja el jabón. Comienza a tocarte rápidamente
sin darse el tiempo de sentir tu piel, pasan unos minutos y se desabrocha el
pantalón, te quita la blusa y comienza a tocar tus senos como panes que hay que
amasar fuertemente, no te gusta pero no dices nada. Sus besos te ahogan y su
lengua parece una bailarina sin gracia. Piensas que falta poco para que se
desnude por completo, suba encima de ti y abra tus piernas para estar dentro. Puedes
contar uno, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta. Sus jadeos
cesan y todo termina mientras te da un beso en la frente. Se para de la cama y
ahora es él quien se baña para quitar todo rastro del triste número del que
acabas de ser testigo.
Es medianoche y de nuevo estas en
la cocina, con el frasco de pastillas en la mano mientras te preguntas si él notará
tú ausencia o recordará tú presencia.
Abres la vitrina y tomas un vaso
del juego de la vajilla de bodas, te sirves agua, abres el frasco y cuentas
quince pastillas, justo las que necesitas para alzar el vuelo de una buena vez.
Estas parada en medio de esa fría cocina y ves tú reflejo en la ventana, pareces
una sombra gris casi sin forma y te asusta.
Avanzan las manecillas del reloj
de pared mientras vas enumerando los buenos recuerdos, los puedes contar con
los dedos de una mano y todos incluyen a Lucía, Laura y Pedrito. Respiras hondo,
muy hondo y devuelves una por una las pastillas a su frasco, las mismas que
seguramente volverás a contar.
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